20.6.07

pensamiento vegetal: estilo y botánica

Algunas agudas reflexiones que recientemente leí en Mao y Lenin me dieron ganas de revisar este texto de Rachilde. Hay en Rachilde (como en Huysmans y muchos de sus contemporáneos) un sentido fitozoide de la proliferación estilística; le valen los rubendarianos apóstrofes de escritora enramada, prosista de las enredaderas y rica cantora de florales venenos y madreselvas carnívoras y venales. Sus adjetivos tienen algo de fruto pesado, como cierto tipo de sandías que no todos están en condiciones de soportar.

Puede ser largo y denso lo que sigue.



Mortis.


A Alfred Jarry.


. . . . . entonces fue el turno de las flores.
En el incendio amoroso de un cielo de junio, por los peldaños todavía blancos de las escalinatas que se venían abajo sobre el Arno de un intenso color negro, las flores más salvajes, guerreras ya muy habituadas a todo tipo de obstáculos, tomaron la ciudad por asalto y la invadieron con rabia, mientras aquellas menos móviles de los jardines interiores, sintiendo de golpe la ebriedad de sus propios cuerpos, escalando las rejas de hierro, desbordando las urnas de bronce, cayendo de los balcones dorados, rompieron sus últimas ataduras patricias para unirse a los vagabundos en nupcias monstruosas. Con el ardor de los perfumes prohibidos que pimentaban el estiércol humano, se las vio arrojar las cabelleras dinásticas de su follaje sobre las puntas agresivas de las zarzas trepadoras en los oscuros recovecos del río, y el viento de la rebelión enlazó ramas con ramas y trenzó guirnaldas, puso en jaque a la corona, elevó arcos del triunfo y cantó el epitalamio en medio del gran silencio de la muerte.
Las rosas, bocas de fuego, llamas de carne, lamiendo el mármol incorruptible tiñieron hasta los capiteles las esbeltas columnas purísimas de manchas rojas como el vino y púrpuras como la sangre, que en plena noche formaban signos circulares, extravasándose en un color castaño, cercando de sombras violáceas la piel de los monumentos pálidos, similares a huellas de dedos profundamente clavados. En todos los tonos, del azafrán al color de las heces, del escarlata furioso al matiz de los tiernos cráneos de los nonatos, las rosas cantaron su liberación. Eran fauces incansablemente abiertas de las que emanaban clamoreos que podían comprenderse con los ojos cerrados. Sacudían, sobre el montón de cadáveres, sus grandes capullos febrilmente deseosos de abrirse, bubones reventados de savia a punto de estallar en salpicaduras de pus, y la horrible amenaza continuaba en un torrente de olores embriagadores, violentos, exasperados como gritos.
Florencia abandonada, por cuyas calles vagabundeaban sólo algunos pocos fantasmas, larvas de hombres envueltas en trapos podridos, criaturas espantadas de vértigo que voltereteaban antes de caer, Florencia volvió a poblarse de rosas. Nacieron tumultuosamente, precipitándose, cabeza a cabeza, como tropas de niños que adoran las ruinas por el desorden que permiten. No eran racimos, sino bandas, una horda encaprichada asaltando los palacios, entrando por los sótanos o los tejados, sitiando las fortalezas, invadiendo los hospicios, reptando por las fachadas de las iglesias, adueñándose de lugares que no les estaban de ningún modo destinados. Dirigían el combate. Su osadía devino táctica militar. Una especie particularmente entrometida, habiendo ganado un campanario, habiendo lanzado, por una ojiva, la selva de sus espinas feroces, se aferró a una cuerda, la hizo ondular bajo el peso de sus jóvenes capullos y, cuando el último se abría, pletórico de rocío, cálice pesado de lágrimas, la cuerda se tensó, vibró... y se escuchó el ruido de la campana. ¡Las rosas tocaban a rebato! Al incendio amoroso del cielo se añadió la hoguera de sus olores pasionales.
¡Gloria! La vida volvía con la guerra. Viendo que solamente los muros quedaban en pie, las rosas intentaron derrumbarlos para afirmar su independencia de toda humanidad.
Y los innumerables regimientos de flores, la armada entera respondiendo a su reina, tomaron prisa; avanzando unas sobre otras se disgregaron en múltiples avalanchas, subieron del suelo desnudo a los frontispicios de museos y templos, se colgaron de las torres, cubrieron las murallas, se atropellaron sobre las ventanas, sobre las almenas, estriñiendo las columnetas, los travesaños, quebrando los balaustres, pulverizando los estucos, las pinturas, rebotando en cascadas por todos los ángulos iluminados de las cornizas y brotando de todas las encrucijadas oscuras para agitar incensarios victoriosos.
Madreselvas de pistilos digiformes, avanzando sobre sus garras, se teñían, primero, de un rojo virginal que fundía rápidamente en el amarillo sulfatado de la envidia, en su sórdida furia por llegar a la meta. La grama, los licópodos, las resedas, plebe verde y gris oxidándose, el aire siempre contaminado del polvo de los caminos, se multiplicaban en inmensos tapices por sobre los cuales cabalgaba la vanguardia de enredaderas enloquecidas, con cortes de los que chorreaba una ebriedad azul extraída del mismo cielo. Sus filamentos abrían fisuras en el suelo, agrandaban las grietas, indicaban el camino a los escuadrones más compactos de hiedras cinceladoras, de líquenes terebrantes y de húmedos musgos descomponedores. Vides estériles, sin flor ni fruto, producían extraños racimos venenosos, los lúpulos y las clemátides encaramados en telas de araña tejían mortajas ante cada puerta. Cortinados verdosos flameaban en los tragaluces, de lejos unidos como una seda y, de cerca, entretejidos en una liana tan fina y brillante que semejaba una redecilla de serpientes.
En las calles, en las plazas en las cuales todavía se amontonaban cadáveres carbonizados, la hierba, el simple césped, operaba su lento trabajo de sepulturero y desempotraba las enormes baldosas, comedidamente.
Un enjambre de moscas color esmeralda se elevó en un único zumbido espantoso. Semillas vivas, desprendiéndose de las plantas, iban a sembrar las noticias de la batalla que continuaba a pesar de la ya obtenida victoria.
¡No quedaría piedra sobre piedra!
A la fanfarria triunfal de las rosas, a las violencias exquisitas de su rebelión, sucedió una actividad menos belicosa, pero más francamente carniceril. Escuadras de mariposas blancas, emblemas de candor, dejando de lado la insulsez de las corolas, se encarnizaban con los ojos líquidos de los cadáveres, bebiendo el agua de las almas con su diminuta boquita voluptuosa, degustando el dulce sabor de la podredumbre. Abejas, abejorros, avispas, libélulas deformes y jorobadas como los caballos que conducen al diablo, mosquitos gigantes con aguijones pestíferos, coleópteros con cuernos de acero, escarabajos y, más abajo, bastante más abajo, caracoles arrastrando a los que agonizaban en su último estertor.
De día, todo el día, la inmunda mosca icneumón cantaba.
De noche, entre las ruinas pomposamente engalanadas en honor de la eterna ceremonia de la muerte, lloraba la luna, sempiterna viuda del sol.
Tan sólo hizo falta una primavera italiana para cubrir de flores lo que quedaba de Florencia una vez abandonada y tornar la pestilencia abominable en el delicado contagio de perfumes.
Flores, flores y más flores, ¡infinitas flores! Una eclosión incomparable de flores amenazaba con asfixiar los pocos moribundos que quedaban, sorprendidos de poder respirar en semejante atmósfera. Y cada vez más invasivas, las rosas reinas alfombraban todas las avenidas, como al acecho de un dios o de un héroe.
Desde hacía un año las iglesias estaban cerradas.
Los curas que se salvaron estaban enterrados en conventos lejanos.
Ninguna mujer paseaba por la ciudad. Removiendo los montones de cuerpos que se pudrían en las plazas públicas, no se hubiera exhumado ni siquiera un jirón de pollera. Las mujeres habían desaparecido, sin dejar ningún recuerdo de sus encantos. ¿Quizás huyeran apenas comenzada la peste? Quizás habían muerto primero que nadie, de miedo, antes del comienzo del azote.
¡Ah! ¡Qué calladas las violas de amor, chirriando otrora bajo las uñas nerviosas de los pajes! ¡Bien extintas las miradas penetrantes de luz ardiente, la sombra aterciopelada de las máscaras colgando de las cristaleras! No había nadie, ya que no había damas...
Solamente había flores, dueñas soberanas de la antigua ciudad de la guerra y del placer.
Solamente llovían flores de las cristaleras vacías de las que habían llovido besos y, a menudo, arroyuelos de aceite hirviendo.
Fue hacia el fin de esa primavera maldita que salió de su palacio, empujado por el hambre, el conde Sebastiani Ceccaldo-Rossi, último sobreviviente de la poderosa casa Ceccaldo-Rossi, a la vez güelfo y gibelino por sus innumerables y valiosas alianzas a lo largo de la república toscana.
Giovani-Sebastiani Ceccaldo, su padre, había muerto.
Lucrecia Bella-Ginevra, su madre, había muerto.
Sebastiani había perdido también a Violante Arnoldo, su prometida, duqesa de Fiésole.
Sus tres queridas, Ilda, Leone y la Grippi, habían muerto.
Su favorito, el paje Angelo, fiel y cariñoso como un perro, también había muerto.
Incluso su perro, Lázaro, un lebrel color gris de perla, adornado de suaves orejas, había muerto de inanición.
El conde conservaba tan sólo dos groseros sirvientes negros, los cuales, naturalmente, no se contaban como seres humanos.
Sebastiani Ceccaldo salió de su morada muy bizarramente ataviado, y su aparicón debió horrorizar a la naturaleza. Empujó la puerta que daba a la terraza, un colosal batiente de bronce por la que trepaban ya las garras criminales de una hiedra traidora. Blandió su espada con el fin de liberar su palacio de esas cadenas inesperadas y se presentó, armado hasta los dientes, frente a la oscura Enemiga.
Sebastiani había tenido la peste. ¡Milagro! Él, el único en Florencia, había tenido la peste y no estaba muerto, aunque el hambre comenzaba a enloquecerlo.
Salió de su morada como si saliera de la cripta, y le hubiera causado gracia a la gente en la calle de tan bufonesco que era su disfraz. ¡Pero he aquí que en Florencia ya nadie caminaba por las calles!
El conde Sebastiani Ceccaldo vestía un hábito de tafilete, muy amplio y largo hasta tocar el suelo, cuyos pliegues rígidos lo molestaban para caminar. Ciñiéndole la cabeza con exactitud, un capirote, resolviendo en un enorme pico de pájaro que le apretaba la nariz como la prensa de verdugo aferra las piernas del acusado mientras se lo tortura para extraerle información. Dos siniestros ojos de vidrio, sumamente resisitentes y con aumento, le permitían ver el camino, mientras su diestra, sóldiamente enguantada en piel de búfalo, blandía la espada, espantando a eventuales bromistas.
El noble conde Sebastiani había ideado este atuendo burlesco porque era joven y fantasioso... pero también muy sabio. Su vestido no lo asemejaba a un monje, pero lo aislaba de la humanidad, protegiéndolo de todo pérfido contagio.
Un poco nigromante, un poco saltimbanqui, juzgando la vida según manuscritos esotéricos procedentes de una herencia de Oriente, de humor escéptico, el conde se burlaba de los médicos imitando sus primordiales ridiculeces y pretendía horrorizar a la muerte por la visión de su mascarada solitaria.
En verdad, luciendo su disfraz profano había emparedado a sus padres detrás de la capilla del palacio, y había enterrado, bajo el césped del fondo de sus jardines, ante una Diana cuyas nalgas anacaradas brillaban en las noches de tormenta, a su favorito, el bello Angelo, sin que el mal mil veces maldito de la peste terminara de fulminarlo.
Todos ellos, con excepción de los dos negros, demasiado oscuros como para seguir oscureciéndose, habían caído víctimas del azote y, reposando en círculo en un peldaño de la escalinata que llevaba al Arno, el esqueleto de su lebrel Lázaro esperaba vanamente la resurrección de sus caricias.
En cuanto a su prometida y a sus amantes, se descomponían en algún lugar de la ciudad, enterradas precipitadamente bajo las baldosas del oratorio, o desprolijamente arrojadas a la hoguera pública.
Pero ahora, nada de esto interesaba a Sebastiani Ceccaldo, que se retorcía de hambre. Los dos negros renunciaron a suministrarle su pan amasado con huesos triturados, vianda corrupta, y el agua de las mazmorras, desde cierta noche, exhalaba un olor nauseabundo, absolutamente intolerable.
Se habían acabado las frutas confitadas descubiertas en los altillos del palacio, escondidas allí por sirvientes golosos y reducidas a astillas; higos carcomidos por los parásitos, naranjas de las que no quedaba más que la amarga cáscara y sandías aplastadas de pepitas coriáceas, tan duras como cuentas de rosario. Nadie se animaba a asar las ratas, pocas y muy enfermas, prefiriendo los otros animales morir de inanición a degustar esa sospechosa presa. Los pájaros, por cierto, tenían tareas públicas. Cuervos fúnebres, urracas solemnes no se detenían casi sobre los techos; tomando el aspecto de doctores, desfilaban en cofradía, en jubones negros salpicados de descosidos blancos.
Blandiendo su espada, cortando las hiedras y las lianas, Sebastiani Ceccaldo se acercó a la ninfa de nalgas anacaradas que, se decía, brillaba en las noches de tormenta. Se arrodilló piadosamente sobre la tumba de su favorito, el paje Angelo, y al levantarse constató que las ramas de una acacia habían cortado los brazos de la espléndida estatua. Al ver así mutilada a la obra maestra, el conde sintió tal congoja que olvidó visitar la tumba vertical de sus padres.
Comenzó a errar, por aquí y por allá, buscando algo comestible.
De lo alto de las terrazas se dominaba la ciudad entera, la bella ciudad abandonada, cubierta de espesos velos de flores. El paisaje era la imagen nítida de un extenso pabellón bordado con joyas resplandecientes, una dalmática de maga rica laminada con todos los metales y gemas de todos los tipos. Al contemplar este paraíso, una misteriosa embriaguez trastornaba el cerebro y, por las calles desiertas, el aire debía ser tan dulce, tan grato, tan intenso, que la sola idea de respirar libremente hacía bambolearse de emoción al grotesco peregrino.
El conde Sebastiani, la nariz en su pico de cormorán, olía solamente perfume de drogas, hasta hartarse. Almizcle, benjuí, sándalo, clavo de olor, acíbar y algalia le daban vueltas en el estómago.
Pasó la reja de sus jardines, siempre en lucha con las plantas salvajes. Caminó entre gruesas hierbas que lo tomaban por los tobillos como colas de mono; luchó cuerpo a cuerpo con arbustos ignotos crecidos de la nada; encontró un tallo de apio alto como un hombre y echó tierra contra el tronco de un repollo que hubiera protegido de la lluvia a una docena de niños.
Le pareció que las miasmas que mataban a los cristianos hacían prosperar fluidamente a las legumbres, destilando un rocío benigno capaz de mejorar los pepinos hasta tornarlos sumamente gordos.
Las cortinas de genciana y de aristoloquia se sucedían, cada vez más pesadas, las ramas espinosas de los arbustos le daban contra la máscara y, por sobre todo este follaje demoníaco, brillante como la grasa humana que sus raíces habían examinado en detalle, se abrían corolas monstruosas, flores inauditas de nieve o de sangre, luciendo diademas de mil insectos de oro.
Y todo era muy bello, pero no tanto como las espaciosas calles desiertas.
Sobre las antiguas hogueras en las que los apestados eran arrojados a montones –porque el fuego purifica todo-, matorrales de rosas se expandían, alegres de vivir en pleno viento. De un balaustre donde el capricho divino lo había crucificado con cuidado, el retoño de un agavanzo, liberado, se precipitó al suelo y, encontrando forraje entre las cenizas, se echó a crecer derecho, vigoroso, ofreciendo al cielo los variados tesoros de sus cálices con perfumes. Guirnaldas enredadas de un balcón a otro, pétalos cayendo con molicie, como un diluvio de ambrosía y un limonero a lo lejos, totalmente blanco –así, despojado de sus frutos-, echaba, sobre la sombra de un pórtico, sus reflejos de satín nupcial.
El conde Sebastiani, no encontrando un alma, se quitó su hábito de tafilete, muerto de calor. Llegó a una iglesia cercana, esperando encontrar a un cura. Pues un cura no le negaría un sorbo de agua -de agua bendita, a falta de otra cosa- y, de no haber pan, le ofrecería al menos algunas hostias rancias.
A medida que caminaba el calor aumentaba, quizás también su deseo de respirar aire puro. Sebastiani, ya con la mente perdida, se quitó de un golpe el capirote, la máscara con ojos de vidrio, el pico corniforme, los guantes de búfalo y los zapatos; desnudo como el celestial bambino al nacer del costado de la Virgen María, guardó su espada y se cubrió la cara con las manos.
Entonces todas las rosas, nuevos rostros de mujer embelleciendo los balcones de Florencia, parecieron estremecerse de pudor y se inclinaron curiosamente.
¿Quién era el que bailaba en su ciudad, vestido como el arcángel exterminador?
El viento del amor las hizo temblar, y muchas rosas cayeron sobre la cabeza del arcángel.
Ceccaldo las clavaba en la punta de su espada. No apareciendo el cura en el umbral de su iglesia, encontrándose seca la pila de agua bendita, Ceccaldo bebió y comió flores, a falta de mejores platos.
Su esbelto cuerpo de culebra, joven, bello a pesar de los sufrimientos soportados, resbalaba, blanco como el márfil, entre las plantas blancas de nieve, conservando de la atroz enfermedad solamente la corona de rosas castañas con que la peste ciñe la frente de sus raros vencedores, y allí, alegre con la alegría de las plantas salvajes, elástico con la elasticidad de las ramas liberadas, el primer florentino de Florencia pacía en la hierba, embriagado, como una cabra loca.
¡Nada de peligro, nada de capirote, nada de drogas! ¡Sólo flores, flores y más flores! ¡Si faltaban limones y naranjas, había rosas amarillas! ¡Si granadas, melones y sandías no llegaban a madurar, había rosas púrpuras, rojas, rosadas! Y si el vino de Asti no corría a raudales, ese año de desgracia, se podía sorber la suave espuma chispeante de delicado aroma de las tan pequeñitas rosas blancas, de capullos crocantes como avellanas.
El conde se sació de rosas... respiró todos los colores, saboreó todos los olores. Respiró demasiado, y comió hasta hartarse y aun más.
Titubeando, con el pecho oprimido, la cabeza jaqueada por dolores extraños, el pobre joven debía volver a casa.
No estaba apestado. Y no podía estarlo. ¡Pero estaba demasiado borracho!
Al subir penosamente la escalera de su palacio, en la que dormía, esperando siempre la resurrección de sus caricias, el esqueleto de su perro Lázaro, un vértigo lo tomó por asalto. “¡Oh!”, gritó, aferró su espada, intentando mantener la cabeza derecha. Hierbas traidoras lo tomaron de los tobillos, como colas de monos. El conde resbaló, con los brazos en cruz, la boca abierta. Sus ojos bravos, un poco crueles, se apagaron. Sus cabellos negros se pegaron a las mejillas con el sudor de la agonía, y de la corona de duelo con que ciñe la peste la frente de sus raros vencedores, brotaron perlas de sangre... ¡toda la sangre de las rosas!
... Así murió, de una muerte única, por haber respirado rosas, Sebastiani Ceccaldo-Rossi, el último de su raza, príncipe y conde de la república toscana, heredero de muchos siglos de glorias y de crímenes, güelfo por el asesinato de los caballeros Boldi y d’a Ponte, gibelino por el dique levantado contra la crecida del Arno en la época de la gran inundación, gentilhombre consumado, honor de Florencia, parejo amante de las damas morochas y de los pajes rubios, de las bellas estatuas y de los perror heráldicos, un mortis, en una palabra, que la peste había perdonado, pero que las rosas envenenaron sin misericordia.


París, 1900.